Marzo 22, 2003
El Día de la Esperanza (Fragmento)
Los centenares que todavía resistían sobre la avenida
Entre Ríos iniciaron una nueva corrida, sintiendo en
el paladar ya agriado por tantos gases el sabor
violento que indicaba que ya no había tiempo más que
para desbandarse. Con los últimos rayos de sol cayó
sobre el asfalto una bomba de gas, repiqueteando y
dibujando un pequeño remolino centrífugo capaz de
envenenar los últimos suspiros de una tarde afable,
que la primavera había montado como escenografía de
bienvenida para un verano que, adelantándose a sus
días, se lanzaba quemante sobre una ciudad
insospechadamente inflamable. Cuando un rostro
cubierto por un pañuelo corrió hacia el metal
destellante e intentó sin éxito patearlo hacia una
alcantarilla, aparecieron los primeros esbozos de
estas líneas que pretendo desplegar apenas una semana
después, resguardado en la comodidad de un cuarto de
paredes blancas y grandes ventanales pero aún con el
estremecimiento intacto. Al ver que el indomable trozo
de metal se resistía a apagar su erupción de lágrimas
y vómitos, otros manifestantes se sumaron a la empresa
de empujarlo hacia el agua de la vereda, demostrando
entre el apuro por correr y los ahogos producidos por
las inhalaciones la virginidad de sus experiencias en
situaciones hasta entonces desconocidas para el puro
presente de la mayoría que había ganado las calles. Es
cierto que sobraban los rostros cansados de besarse
con la violencia sin sentido, como el del morochito
que con sus quince o dieciséis años grabó en mi mente
la fotografía del instante en que sacudía vanamente
sus piernas flacas, procurando alejar la bola de humo
con un puntapié de sus zapatillas de lona,
acostumbradas a esquivar la intrepidez de la policía
en algún recital de rock, a la salida de cualquier
partido de fútbol, pero carente de jornadas en las que
el poder ocultaba su cara más débil tras el rostro de
la represión despiadada. Aquella gambeta corta me
llegó como un cross a la mandíbula mental que terminó
de derrumbar los diques de mi hasta entonces contenida
existencia acolchonada sobre la duda del agradable
confort monótono, arrastrada por el torrente de
secuencias convocantes que me trasladan ahora a esta
incómoda aunque a salvo trinchera de palabras.
Recordé, en medio del trote con aires de fingida
insignificancia frente al peligro rodeando la multitud
a la carrera, una desagradable pero tal vez punzante
definición que había arrojado en su momento Ortega y
Gasset, para quien en su visión, la diferencia entre
un español y un argentino radicaba en que mientras que
el español elige ser escritor porque quiere escribir,
el argentino elige escribir porque quiere ser
escritor. Amén de las nacionalidades, mis fútiles
garabatos de literatura habían transcurrido por la
última opción, frecuentada de concursos, publicaciones
y embates por conseguir un lugar en cualquier rincón
del parnaso letrado de alguna tardía bohemia porteña.
De espaldas a los uniformes azulados que azotaban su
odio hacia los más retrasados de la masa, la pobreza
de mis pretensiones se desmoronaba con cada paso de
mis piernas rozando levemente el asfalto, a la vez que
giraba constantemente la cabeza para descubrir cómo lo
que hasta hacía momentos habían sido certezas de un
camino construido de vanidades quedaba pulverizado
como quedaban pulverizados los vidrios de un
supermercado ante la contundencia de las furiosas
piedras que lanzaban los últimos, los que cerraban con
su coraje o su inconsciencia la retirada, adornando la
corrida con el crisol frapé de los cristales
destrozados. Allí quedaban los hielos descerrajados de
una literatura inexistente, mero devenir del querer
ser, rematados con cada balazo de goma, retumbe gozoso
que machacaba sobre mi sorprendente lucidez que se
jactaba, en medio del griterío repetido de las
sirenas, las armas y el acontecer desesperado de los
cuerpos, de su semblanza nietzcheana capaz de hilvanar
con claridad dialéctica la secuencia morbosa y
dolorida que se extendía hacia el sur por la avenida,
reteniendo las representaciones una tras otra y
transportándolas imaginariamente a los párrafos que
recién ahora, días más tarde, logro concretar lejos de
las calles y de los ecos del ruido que todavía las
ensordece.
Por supuesto que desde la tranquilidad puedo reconocer
que no había en toda mi humanidad otro sentimiento que
la jactancia de saberme de una vez en poder del papel
estelar de ser masa, pueblo, actor colectivo que había
arrebatado para sí el primer plano de la cámara de la
historia, violando el celuloide de la desmemoria con
mil fragmentos de alegre angustia rebasada. En plena
corrida me frené abruptamente para girar una vez más y
dejarme grabar en la retina la sucesión de imágenes
más deudoras de un film de Einsestein que de aquella
realidad. Las columnas de humo entrelazándose con los
edificios que cortaban el horizonte de la avenida, los
pares desconocidos apurando el tranco ahora hacia mí,
el carro hidrante zigzagueando en forma descontrolada
y abalanzándose sobre los cuerpos acalorados no hacían
sino florecer una especie de alegría malsana de
creerme en el centro del carnaval, carnaval que había
explotado la interminable cadena de agotadoras
esperas. Como si me encontrara sentado en la mesa de
un bar, o de una biblioteca, comenzaron a subir hacia
la superficie del pensamiento recortes de ideas,
frases, un fundido encadenado de sensaciones entre las
que sobresalió un retazo de confianza que había
recogido de un sacerdote, tal vez un satánico monje
comunista de otros tiempos, al que podía leer una y
otra vez sobre la página amarillenta de ese panfleto
que la inconsciencia había arrancado del olvido.
“Todas esas cosas que leemos en el Evangelio sobre que
nos van a perseguir, que nos van a meter en la cárcel,
nos parecían siempre tan lejanas; bueno, a lo mejor
ahora Dios nos va a conceder la gracia de que no sean
tan lejanas”. Entre el estampido seco de las balas de
gomas, disfrutaba al retrotraerme, a la vez que
reanudaba la marcha, a todas las cosas que me parecían
a mí siempre tan lejanas, la lista interminable del
anecdotario de los mayores, los que habían tenido la
gracia de haber entrado a la vida con un fusil como
ilusión, en épocas terriblemente cargadas de
maravillosos y espantosos augurios, desbordantes de
futuro. Instantáneas de plazas, de muchedumbres, de
banderas, consignas grabadas con fuego en la poesía
popular, cadencias melodiosas de amor, guerra y
victoria, tableteos de metralla anunciando entonces la
gloria de un tiempo que había quedado perdido en el
tiempo y sepultado en la cotidiana certidumbre de lo
existente instaurado como posible. Una y otra vez
giraban retornando, como el retorno de un gran pájaro
negro sobre su presa inconclusa, sueños esfumados
sobreviviendo en el relato de los sobrevivientes que
se habían sacralizado a sí mismos por el mero
privilegio de haber contemplando el sol desde la
cresta de la ola de la historia, pariéndonos antes de
que rompa a quienes, jóvenes, sin complicidades con
los fantasmas del pasado, atisbábamos la época desde
una playa insulsa y repetida, viendo cómo la vida se
nos iba con los restos espumosos de un oleaje que nos
abofeteaba, con su presencia efímera, la conciencia de
saber que jamás lo atraparíamos en su retirada mar
adentro. Grandes épicas de luchas de clases y de
calles, barricadas exudando el realismo mágico de
ciudades atiborradas de colores y emblemas, y la
esperanza, sobre todo la esperanza, que mutilaba al
propio horror de la muerte para dejarlo en su más
paupérrima expresión, rescatando a los expuestos a su
abrazo de la indignidad de ser víctimas para
convertirlos en mártires que bautizaban con su nombre
el camino hacia asalto final, placas de metal que
abochornaban la vulgaridad de nuestras muertes más
comunes en combates de poca nobleza, en los que nadie
sabía bien dónde empezaba la línea que marca el
territorio enemigo, porque el enemigo lo teníamos por
un lado adentro, pudriéndonos la alegría hasta la
médula, engañándonos frente al espejo de un nosotros
que ya no era, y por otro lado afuera, matándonos de
balas ordinarias la carne desamparada sin el blindaje
de ningún sueño que no fuera amasado de espejitos de
colores, de cuentas de vidrio.
Ahora, con el sol cayendo pesadamente sobre el
hervidero en que se había convertido la ciudad, la
insolencia de sentir la vida chorreando por los poros
respiraba cierto aire de revancha por cargar con
culpas ajenas el lastre de la década en que la niñez
me había arrojado al mundo, década de muros y
ambiciones caídas, de monstruos aplastados por el peso
fugaz de una arrebatada poción de ideas
estupefacientes. Con vigor inusitado corría, como si
fuera una maratón dominguera en familia, sin dejarme
arrastrar por el pánico y dictando los pies la orden
de frenarse, inundando de confianza a los más
próximos, de hacer frente a los perseguidores, de
ganar tiempo en las calles aunque más no fuera para
acrecentar el suspenso del final de la trama, pero con
la tentación de acariciar la inmolación ante las
sardónicas bocas de los hombres de azul y verde,
miserables peones, despreciables serviles vencedores
vencidos, máquinas en el fondo indefensas que habían
apelado al fuego a mansalva como una muestra de su
miedo ante el estampido desenfrenado de tantos años de
angustias que no podían barrerse con la muerte
palpable porque morirse era, para cientos de los que
habían peregrinado hasta la Plaza de Mayo, apenas una
opción.
No era ciertamente mi caso ni el de varios a los que
un manto de escalofrío nos había apresado el cuerpo al
enterarnos de que, ante los ojos de unos, a metros de
otros, a cuadras de algunos más, en algún lado del
mismo enfrentamiento que no podíamos avistar debido a
los ojos enrojecidos por el humo de los gases, habían
iguales matizando con el bermejo de su propia entraña
el crepúsculo de un capítulo de nuestra más honda
tragedia, abandonando estérilmente el anonimato para
abalanzarse, con un único suspiro, hacia una gloria de
centavos forjada en unos pocos titulares de diarios.
El eco de la parca zumbando por las cúpulas de la
gran Avenida de Mayo había resonado como una severa
advertencia para los que atravesábamos los minutos de
lo que pretendíamos una representación de muchos más
actos que aquel y que, temerosos de ser extras
prescindibles, tuvimos la respetable dosis de cobardía
y prudencia para abstraernos de la masa que éramos y
encontrarnos al mismo tiempo en la unicidad
irrepetible de cada par de ojos que dibujaban al otro
y al conjunto. El miedo ya no nos frenaba sino que
descargaba una cuota de frialdad a la entrega para
refrescarnos la convicción de que no había sacrificio
válido tal como se había planteado la partida y que
debíamos rechazar la tentación de cambiar pieza por
pieza, porque así querían el tablero quienes desde la
desesperación buscaban alcanzar las tablas y
principalmente porque de nuestro lado no había después
de todo ni las piezas ni la estrategia que nos
brindara la posibilidad de dar jaque. Entonces, la
orden partida desde ningún centro de operaciones fue
acatada al pie de la letra y se estableció en cada uno
la idea firme de no abandonar las calles, porque
justamente ése era el respiro que necesitaban, lo que
nos daba alguna intuición, o tan sólo el sustento para
el deseo de nuestro triunfo. La ciudad nos regalaba
infinidad de calles para hacer de nuestra retirada la
táctica más refinada, jamás nos desalojarían, los
esperaríamos, los obligaríamos a buscarnos y nos
desbandaríamos dos, tres, muchas veces hasta que
aceptaran lo que comprendían de antemano, que el
racimo de gentes que adornaba las barricadas crecería
abonado por los plomos de las armas con que
disparaban, regado por el agua de los carros con que
nos embestían.
Así nos habíamos congregado unos pocos, decenas
todavía fácilmente identificables minutos antes de la
última encerrona en la esquina de Entre Ríos, la pista
del último gran prix de la jornada. Éramos demasiado
pocos los que no obstante aún inventábamos las fuerzas
para tender una endeble pero inflamable barricada de
bolsas de basura que anticipaban con el espesor del
humo plástico los efectos colaterales del gas
lacrimógeno que flotaba repetidamente por sobre los
barrios de la capital. El reloj instalado exactamente
a una cuadra del Congreso había marcado las cinco de
la tarde con énfasis, como si supiera que se trataba
de una despedida, que su ser quedaría pronto destruido
por el fragor de un nuevo combate. Había pasado un
día, tan solo un día desde las infinitamente lejanas
cinco de la tarde en que acabara con mi carrera
universitaria luego de que ella hubiera acabado
conmigo, succionándome a lo largo de años
interminables hasta los más reticentes restos de
paciencia e ilusión. Me había detenido a las cinco en
punto a demorar el último café como condición de
alumno, antes de presentarme frente a una mesa de
examen que sabía derrotada desde el vamos por mi
desesperación a toda costa. Un ejercicio mnemotécnico
absurdo, imposible de aprehender la vorágine de
preguntas sin respuestas que me atormentaba el
espíritu. Al fin y al cabo, para qué acumular tantas
noches de frustraciones al pie de un texto, para qué
apabullar al cuerpo entre el ahogo del tabaco y la
acidez de demasiados litros de café, para qué llevar
al paroxismo el suspenso de las alegrías, nada más que
para hartar el alma de preguntas, de preguntas
punzantes, abarcadoras de todo el dolor por el mundo
que sea capaz de cargar una persona. Un simple
ejercicio de preguntas y respuestas desprovisto de
cualquier pasión que se asemejara a jugarse la vida de
uno y de toda la humanidad por obtener una respuesta
inalcanzable. Una maniobra burocrática exenta siquiera
de rencor, que finalizó con la rúbrica de un nombre
insignificante en una libreta insignificante y un halo
de silencio aterrador, que por un tiempo creí que
jamás volvería a ser quebrantado porque no encontraba
la palabra para nombrar aquello que pudiera atravesar
el vacío. Me anegaba la sensación de que no era
posible que floreciera la palabra, el acorde o el
ruido más profundo de la tierra que devolviera a la
urbe el sonido. Todo yacía en silencio, todo se volvía
pura imagen. La metrópolis giraba en un remolino de
acontecimientos completamente objetivados, las
historias trascurridas hasta ese instante frente a mí,
plenas de complejidad y contradicciones, se reducían a
la mera condición de mercancías circulando. Mercancías
eran los autos de la calle Corrientes, mercancía los
ornamentos que intentaban seducir desde las vidrieras,
el subterráneo cruzando los barrios repletos de
mercancías transportaba decenas de ojos que
translucían la pérdida de sus valores de cambio
conforme se extinguía la jornada. Me hallaba
completamente solo. Rodeado de cosas y de silencio
llegué, solo, a la casa, a encender el televisor que
portaba la imagen de un presidente hablando en
silencio su falta de palabras, que era la falta de
palabras de cualquiera. Ya no había significantes
posibles para narrar el dolor de ese día, únicamente
era dable esperar que surgiera desde el fondo de la
tierra el germen que quebrara el manto de vacío, como
un estallido encadenado del magma efervescente de los
estados de ánimo, como la explosión de la más
primigenia materia de lo humano, como una virulenta
colisión de metales invocando a los dioses para
restituir el hálito de lo sagrado. Como la
reverberación provocada por el fatigoso rebote de un
cucharón aplicado sobre una cacerola, una vibración
posible de cruzar toda la ciudad silenciosa para
sacudir el fondo de la angustia con un retumbar
constante y creciente que congregara lo divinidad de
mi propia existencia, enajenada tras los barrotes del
confort moderado de una aplomada madurez, atizando en
la sublimación del futuro las aberraciones
incongruentes de restos de ideologías recogidas en el
desván de una adolescencia tardía, en bibliotecas
familiares y relatos del folklore de la derrota. Los
embates continuados comenzaron a multiplicarse de
manera exponencial, surcando por doquier los recovecos
de una ciudad carente de ingenuidad, que abría todo su
acontecer disponible para aquella primitiva forma de
comunicación, remontando hasta la etimología del
término, el hacer común el ritmo acompasado que
descendía desde los balcones de cada edificio,
paulatinamente con mayor contundencia, hasta formar,
con el correr de los minutos, una comparsa extraviada
que enhebraba con mesura cada golpe que manaba en
clave de alegría, desplegando la urdimbre de
inocencias ultrajadas junto a súbitos despertares de
las más terribles imbecilidades que, en otro momento,
hubieran azotado desde el fondo de los tiempos nuestro
frecuente extravío huérfano de ágoras. Vientos de
novedad rescatando el entusiasmo pasado de moda,
condenado casi a esotéricos conciliábulos que
suscitaban emociones encontradas, que iban desde la
más impúdica piedad nacida en la sensatez hasta la más
enérgica condena originada en la moderación del juicio
saturado de cordura.
El febril estruendo del espontáneo candombe me
acarreó hacia a la calle después de un par de
infructuosos intentos por destrozar el silencio con el
susurro cómplice de cualquier afecto de los que sin
embargo, se negaban a rescatarme desde el otro lado
del teléfono, como si adivinaran su sentido ético de
rehusarse a salvarme, dejándome confortablemente
aterido a la vera del camino, y me incitaran a salir a
reencontrarme con la ciudad, apresada ahora por una
tenue demencia rítmica, ritual con que desprevenidos y
asombrados habitantes de la mansedumbre se invocaban
unos a otros. Comencé a caminar sin rumbo fijo pero
con la certeza de que pronto encontraría a los míos, a
quienes imaginaba con los rostros arrebolados y la
sorpresa derramándose en sus miradas atónitas ante la
marea humana que, teniendo la gentileza de devolverme
con gracia la palabra convertida en torbellino de
sonidos, se resguardaba en la nobleza de fingirse
indiferente ante mi paso ansioso. (...)
--- Recibido por email ---
“El día de la Esperanza” puede conseguirse en:
Buenos Aires:
-Casa de la Amistad Argentino – Cubana. (Alsina 1744)
-Librería de las Madres. (Hipólito Irigoyen 1580)
- La Crujía. (Ayacucho y Tucumán)
- Facultad de Ciencias Sociales (Ramos Mejía 841 –
Parque Centenario)
Barcelona:
- El Lokal (Aurora 23)
O solicitarlo a eltiocarril@yahoo.com.ar
http://www.geocities.com/eltiocarril
Posted by mariano_carril at Marzo 22, 2003 02:29 AM
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